“Esta fue la culpa de su hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían orgullo, exceso de comida y próspera tranquilidad, pero no ayudaron al pobre y al necesitado”. (Ez 16, 48-49)

viernes, 26 de agosto de 2011

Hay que convencer, no vencer

De Ignacio Simal Camps

Es un hecho incontestable que en la mayoría de las iglesias se discrimina al colectivo LGTB. El Diccionario de la Lengua Española [RAE] define la acción discriminatoria como el hecho de «seleccionar excluyendo o dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc». Y evidentemente, a las minorías sexuales se las excluye de la comunión integral de la vida de las iglesias por el hecho de ser y hacer en concordancia con su orientación sexual. Y esa exclusión obedece, entre otras cuestiones, a cuatro elementos: el imaginario social patriarcal que las iglesias comparten con la sociedad, la comprensión que éstas tienen de la naturaleza de sus textos sagrados, la tradición eclesial recibida y la valoración moral que éstas hacen de la homosexualidad y su práctica.

Con las minorías sexuales ocurre como antaño -en algunos espacios eclesiales todavía hoy- ocurrió con las mujeres: se las excluía de la formación teológica en los seminarios, de los ministerios pastorales, de la enseñanza a la comunidad de fe, de la oración púbica, etc. Cambiar un imaginario social y religioso tan arraigado entre las iglesias fue, y sigue siendo, una tarea harto complicada. De ahí que crea que debemos tener un claro objetivo a compartir entre los que somos partidarios de la inclusión integral del colectivo cristiano LGTB: convencer. Y eso sólo se logra haciendo pedagogía positiva entre las iglesias.

Por ello, en primer lugar, se hace necesario que los cristianos y cristianas heterosexuales escuchen de viva voz los testimonios de fe, fidelidad y compromiso con el seguimiento de Jesús de las personas LGTB.

En segundo lugar debemos emprender talleres de lectura de los textos bíblicos y de las argumentaciones teológico-morales que se utilizan para la exclusión de las personas con orientación sexual diferente en las iglesias cristianas.

En tercer lugar, debemos utilizar los medios de comunicación cristianos a nuestro alcance para hacer ver la riqueza social que adquiere el reconocimiento de la diversidad sexual y desdemonizar a las personas LGTB.

En cuarto lugar, debemos -sobre todo los pastores y pastoras- emprender la ardua tarea de abrir nuestras comunidades a los cristianos y cristianas homosexuales a fin de que a través de la convivencia y la comunión mutua se rompan los estereotipos gaifóbicos, lesbofóbicos y transfóbicos que pululan en nuestros ambientes locales.

Por último, y en quinto lugar, debemos evitar en nuestros planteamientos toda beligerancia descalificadora del que interpreta la Biblia y la sexualidad humana de manera diferente a la nuestra. Como escribieran Arland Hultgren y Walter Taylor:
«la diferencia entre quienes hacen la interpretación [de los textos bíblicos] no se debe entender como un conflicto entre quienes buscan ser 'fieles a las Escrituras' y quienes buscan 'adaptar la Biblia' a sus gustos personales. Los desencuentros son genuinos» [Nota 25 en línea 706 del documento “Sexualidad humana: dignidad y confianza” de la Iglesia Evangélica Luterana de América].
Si perseveramos contra viento y marea en llevar a cabo una pedagogía positiva en la línea que apunto lograremos el cambio de mentalidad anhelado por muchos de nosotros. El objetivo no es vencer, sino convencer.

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